“Dormía vestida. No quería que me mataran en camisón” · ELPAÍS.com

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Consentimiento

Una de las noticias del año, sin duda, ha sido la detención (y, desafortunadamente, posterior liberación) de Dominique Strauss-Kahn en Nueva York, bajo los cargos de violación a una camarera del hotel en el que se alojaba, a la que supuestamente habría obligado a realizarle una felación.

En el momento de los hechos, el Sr. Strauss-Kahn -DSK- era Director del Fondo Monetario Internacional y futurible candidato por el Partido Socialista francés a las siguientes elecciones presidenciales. La camarera que lo acusaba, Nafissatou Diallo, en cambio, es una emigrante africana, natural de Guinea, madre soltera, incapaz de leer o escribir ni en inglés ni en francés. Una pareja muy desigual a todas luces. A pesar de lo cual, DSK sostuvo desde el primer momento que no había habido violación y sí relaciones sexuales consentidas.

Quiero recordar en este punto que el parte médico de la víctima, al que tuvo acceso el medio francés L’Express, incluía rotura de ligamento del hombro izquierdo (es decir, donde la mano derecha de DSK hizo presión para conseguir arrodillarla).

“Elle souffre de l’épaule gauche, mais, selon elle, beaucoup moins qu’en début d’après-midi.” Un scanner ultérieur révélera une rupture du ligament.

(“Le duele el hombro izquierdo aunque, según sus palabras, menos que a mediodía”. Un escáner posterior revelará una rotura de ligamento.)

Sobre la extraña concepción que, al parecer, tiene DSK sobre el consentimiento, ha dejado escrita magistralmente su opinión Mario Vargas Llosa, Nobel de Literatura, en su artículo para El País (17.07.2001), “Derecho de pernada.

Me seguiría pareciendo repelente incluso si fuera cierto que el sexo oral con que se gratificó aquella mañana neoyorquina fue consensuado, pues, aun si lo hubiera requerido de buenas maneras y pagado por ello, habría cometido un acto cobarde, prepotente y asqueroso con una pobre mujer infinitamente más débil y vulnerable que él, la que se habría sometido a esa pantomima por necesidad o por miedo, de ningún modo seducida por la apostura o la inteligencia del personaje al que encontró desnudo en la habitación que iba a arreglar.

Al Nobel no es el único a quien ha llamado la atención ese uso tan ligero de la palabra ‘consentimiento’. La socióloga americana Gail Dines, autora del libro “Pornland. How Porn Has Hijacked Our Sexuality” (“Pornolandia. Cómo el porno ha secuestrado nuestra sexualidad”) también se ha pronunciado al respecto en un artículo titulado “DSK and the Meaning of Consent” (“DSK y el significado de ‘consentimiento’ “), publicado en el medio on-line alternativo “Counterpunch“:

The Strauss-Kahn story belongs in the world of porn. It is here that all sex is consensual, no matter how manipulative and violent, and all women are whores who need a man to release their inner slut. In porn, women don’t do unskilled, low-paid work to feed themselves and their children. No, they work because this is where you go to get laid. Sites such as Fuck the Nanny, Nurse Hardcore, Naughty Bookworm, and Secretary Porn all tell the Strauss-Kahn story. Women don’t need a living wage, health care, safe housing, child care, or a career. They just need monster loads of “jizz” to make them happy.

Only in a porn culture could we take seriously the idea that what transpired between Strauss-Kahn and the unnamed woman was consensual. Only here could we actually spin a story of a single mother risking her livelihood to have Strauss-Kahn’s penis rammed down her throat.  And only here could we focus on the credibility of the woman while making light of the history of a man who was well known for his predatory behavior.

(El lugar de la noticia sobre Strauss-Kahn está en el mundo del porno. Es allí donde todo el sexo es consentido (sin importar que haya manipulación o violencia) y todas las mujeres son unas putas que necesitan de un hombre que desate su zorra interior. En el porno, las mujeres no tienen trabajos poco cualificados y con bajos salarios porque necesiten comer (ellas y sus hijos). No. Trabajan porque el lugar de trabajo es donde se echa un polvo. Páginas como “Fóllate a la niñera”, “Enfermera hardcore”, “Empollona traviesa”  o “Pornosecretaria” cuentan -todas ellas- la historia de Strauss-Kahn. Las mujeres no necesitan un salario para vivir, contar con asistencia sanitaria, un hogar seguro, cuidar de sus hijos o una carrera. Sólo necesitan montones de leche para ser felices.

Sólo en la cultura porno se podría tomar con seriedad la idea de que lo que sucedió entre Strauss-Kahn y la mujer sin identificar fue consentido. Sólo allí se podría realmente tejer una historia sobre una madre soltera que arriesgue su medio de vida por tener el pene de Strauss-Kahn atascado en la garganta. Y sólo allí nos podríamos centrar en la credibilidad de la mujer mientras nos tomamos a la ligera la historia personal de un hombre que ha sido conocido por su conducta depredadora.)

Cierto es que los autores de estas opiniones no han tenido un contacto directo con el caso o con el acusado. Sí lo han tenido Anne Mansouret, vicepresidenta regional del Partido Socialista francés y su hija, la periodista Tristane Banon. La segunda ha presentado igualmente una demanda contra DSK por intento de violación en 2002, cuando una entrevista con el político terminó con ambos rodando por el suelo, en un forcejeo en el que él se llevó un par de bofetadas y de patadas y ella acabó con el sujetador roto. Por su parte, su madre acaba de revelar, para sorpresa de todos, que mantuvo un único encuentro sexual con Strauss-Kahn en una fecha todavía anterior, del cual salió sin ningunas ganas de repetir, dado el estilo zafio y violento de nuestro prohombre (descrito por Mansouret como “obscenidad chabacana“).

Otros testimonios avalan esta conducta. Kristin Davis, una antigua madame neoyorkina conocida en los EE.UU. por un escándalo anterior (el del ahora ex-gobernador Elliot Spitzer, usuario de sus servicios de prostitución de lujo) ha declarado que DSK tuvo un encuentro “violento” con una de sus chicas, por lo que decidió no facilitarle ningún servicio más.

En realidad, si ampliamos nuestra perspectiva, nos daremos cuenta que no estamos ante un caso especial o aislado, sino que simplemente se trata de un caso más de la estadística. Recientemente, la publicación Newsweek publicó un artículo de investigación sobre los usuarios de prostitución, “The John Next Door” (“Tu vecino el cliente de prostitución”). En él se hacen eco de diversos estudios, entre ellos el elaborado por la Asociación “Prostitution Research and Education” (“Investigación y educación sobre la prostitución”), titulado “Men Who Buy Sex” (“Hombres que pagan por el sexo”).

Una de las conclusiones del estudio es que

Sex buyers were far more likely than non-sex buyers to commit felonies, misdemeanors, crimes related to violence against women, substance abuse-related crimes, assaults, crimes with weapons, and crimes against authority. All of the crimes known to be associated with violence against women were reported by sex buyers; none were reported by non-sex buyers.

Sex buyers acknowledged having committed significantly more sexually coercive acts against women than non-sex buyers.

(Los hombres que pagan por el sexo tienen más probabilidades que los que no lo hacen de cometer infracciones o delitos relacionados con violencia contra las mujeres, delitos relacionados con el abuso de sustancias, agresiones, delitos con armas y delitos contra la autoridad. Todos los delitos estudiados que tenían relación con violencia contra las mujeres fueron cometidos por hombres que pagan por el sexo y ninguno por los que no lo hacen.

Los que pagan por el sexo reconocen haber cometido muchos más actos represivos contra mujeres, en un número significante, que los que no son usuarios del sexo de pago.)

En resumen, el estudio demuestra que los hombres que acostumbran a pagar por el sexo acaban viendo a la mujer como un mero objeto de uso, no un ser humano que pueda tener su opinión o que pueda no estar de acuerdo con el trato que se les dispensa. En ese sentido ya no resultan tan sorprendentes las últimas palabras de DSK antes de ser detenido en el avión de Air France, con destino a París (donde viajaba en Business Class, como corresponde a alguien de su nivel). Quelle finesse, que dirían los franceses…

Lo más triste, en mi opinión, es que este caso ha alcanzado notoriedad mundial, únicamente por la posición pública del acusado. Situaciones como ésta suceden todos los días, prácticamente a todas horas, en cualquier lugar del mundo. A las mujeres les acompaña invariablemente -como en este caso- el estigma de la duda, la acusación de provocación o de mentira, de venganza o intento de aprovecharse del hombre al que acusan. Ya se sabe, somos la estirpe de Eva, la primera pecadora…

Ni siquiera cuando hay más de 600 mujeres denunciantes de abusos y violaciones se toma en serio su palabra, aunque haya evidencias físicas incontestables (como son los hijos resultado de las violaciones).

Las acusaciones de fraude en esta denuncia son especialmente ridículas en una sociedad, la keniata, en la que la mujer es la que recibe toda la carga de la culpa y del castigo por haber sido violada, que implica ser abandonada o expulsada de su entorno habitual. Como muy bien expresa en el vídeo Johnstone Ole Kaunga, de la ONG keniata Impact,

For sure, there is no glory in rape. So I would be surprised that a woman would come forward to say ‘I was raped’, if she was not actually. There is no glory in such a thing.

(Lo cierto es que no hay gloria en una violación. Me sorprendería mucho que una mujer dijera ‘he sido violada’, si realmente no lo ha sido. No hay gloria en algo así.)

Las mujeres de Samburu, hermanas de Nafissatou Diallo en más de un sentido, dan una lección de dignidad y de superación en este documental del movimiento Cultures of Resistance (Culturas de Resistencia). No hay gloria, pero sí mucha fuerza en ellas. A pesar de la adversidad a la que se enfrentan diariamente y por ello es aún mayor su mérito.

Mi (¿vana?) esperanza es que algún día desaparezcan los prejuicios de género y se valore la palabra de una mujer tanto como la de un hombre. Y que dejen de presuponerse oscuros y tortuosos motivos ocultos en las declaraciones de las mujeres. “Sí” es simplemente “sí”. Y “no” es “no”. Ésa es la belleza de la comunicación a través del lenguaje. Escuchemos con una mente clara, sin ideas preconcebidas. Aprenderemos que cuando una mujer consiente libremente, no cabe ni la sombra de una duda al respecto.

Felicidades, Robert

En la semana en que ha cumplido 75 años, quiero recordar que Robert Redford fue la fuerza impulsora de la película “Todos los hombres del presidente” (1976), el relato de cómo dos periodistas del Washington Post, Carl Berstein y Bob Woodward, investigaron -testarudamente- qué había detrás de un incidente aparentemente menor. Algo que después se conocería como el “Watergate” y que hundió la carrera política del mismísimo presidente de los EE.UU., Richard Nixon.

Robert Redford demostró tener el mismo talante y tenacidad que los dos periodistas. Ya desde un primer momento pensó en hacer una película sobre la investigación, “fascinado” por esos “dos hombres en busca de la verdad”, aunque tuvo que esperar varios años para poder llevar a cabo el proyecto.

Sus motivos:

“Yo había leido esos pequeños artículos que comenzaron a aparecer en el Washington Post pero me preguntaba por qué nadie más escribía sobre el temaMe parecía gravísimo lo que había ocurrido pero ‘los veteranos’ me dijeron que aunque todos se olían que había algo oscuro detrás, las relaciones entre prensa y política eran muy complicadas y no se podían romper haciendo preguntas equivocadas. Me tacharon de naive y vaticinaron que aquello no llegaría a ningún lado. Aquel cinismo y aquel derrotismo me dejaron muy mal cuerpo

Gracias por no conformarte. Que cumplas muchos más.

Estamos en guerra

Y es mundial.

La gente está saliendo a la calle a luchar por sus derechos.  Se está movilizando. Arriesga su integridad y su libertad.

Igual que hicieron hace casi 70 años los miembros de la Resistencia francesa contra la ocupación nazi de su país. No es casualidad que haya sido uno de ellos, Stéphane Hessel, quien haya conseguido conectar con las masas, con su manifiesto ¡Indignaos! (el cual ha dado nombre al movimiento español, “los indignados“).

Hessel no es un teórico de la lucha, como otros filósofos, sino que tiene experiencia personal en contienda. Por eso, precisamente, ha sido escuchado su llamamiento a la movilización.

Sin embargo, en 1944, los miembros de la Resistencia luchaban contra un ejército enemigo, de carne y hueso, presente en sus calles y en sus plazas.

¿Y nosotros? ¿Contra quién luchamos en el 2011?

Cada vez resulta más evidente:

El enemigo de la ciudadanía democrática hoy, está claro, es el poder financiero.

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